El apego seguro, según John Bowly que fue quien habló por primera vez del apego, se relaciona con una alta probabilidad de tener relaciones sanas, seguras y saludables con otras personas a lo largo de la vida.

Aunque no puede aportar una certeza del 100%, si se ha comprobado que los bebés y niños pequeños que tienen un apego seguro con su persona cuidadora (puede ser la madre, el padre u otra persona) disfrutan de una mejor salud emocional en su etapa adulta y no tienen problemas condultuales importantes.

Además, los niños que tienen un apego seguro tienen más ganas de explora, aprender, emocionarse con sus descubrimientos y disfrutar de sus logros de forma autónoma, siempre que noten que su persona de apego está cerca, porque tal y como dice Niels Peter Rygaard en el libro «El niño abandonado»: Si el niño tiene una base segura sobre la que posarse, si sabe que puede volver siempre que lo necesite a su “campamento base” y si sabe que su figura de apego está disponible para atender a sus necesidades, no tiene miedo de alejarse, explorar, aprender, desarrollar sus capacidades al máximo.

¿y cómo se puede conseguir un apego seguro?

Pues en realidad es muy fácil.

Simplemente siguiendo nuestros instintos de mamíferos y atendiendo a los bebés cuando nos reclaman.

Muchas veces los bebés no lloran por hambre o por frío, lloran porque necesitan contacto y amor.



Un bebé necesita sentirse amado para sentirse seguro. Las caricias, los besos, el contacto físico, escuchar que son amados y apreciados les hace ser felices, crecer, estar sanos, mejora su autoestima y les otorga un apego seguro.

Si bien es cierto que los bebés que tienen apego seguro, durante los primeros años de vida pueden parecer más dependientes que otros bebés, tal y como podemos ver en el artículo sobre los tipos de apego, a la larga, se convierten en niños independientes, autónomos, cariñosos y sin problemas serios de conducta.