Mi hija Alejandra tiene casi dos años (23 meses) y hasta ahora siempre ha estado conmigo, he podido organizar mi vida para poder hacer cursos, escribir en el blog, ayudar a mi marido en algunos proyectitos, ayudar a mi hija mayor con los deberes, llevarla a cumpleaños y a múltiples eventos infantiles (que vaya vida social que tiene la niña…ya la querría yo para mi 🙂 ), empezar yo algunos proyectos propios…y todo eso con la niña y sin volverme loca (o casi).

Sólo se había quedado con gente conocida, a veces con mis padres para que yo tuviera mi «tarde especial» con mi hija mayor, a veces con una canguro para que yo sacara algo de curro o para irnos al cine.

Pero ahora, necesito enfocarme más en varios proyectos que quiero lanzar y una canguro diariamente durante tres o cuatro horas sería demasiado caro, así que después de hacer una búsqueda intensa, encontramos una guardería que nos gustó para la niña.

Es un sitio con las instalaciones completamente nuevas, las cuidadoras son muy cariñosas, hay dos adultos por clase siempre (osea que el ratio niño/adulto) es más bajo que en el resto que coles, si los peques lloran les cogen en brazos para consolarlos, intentan adaptarse a las costumbres del niño (permiten chupetes, mantitas de apego, etc.) y una de las cosas que más me gusta: es un cole abierto a los padres; es decir, los papis pueden ir cuando quieran a ver a sus nios o a estar con ellos, a jugar allí con ellos, etc.

Cuando fuimos a visitarlo el primer día, a mis niñas les encantó todo, la clase, el patio, las «seños». De hecho, mi hija mayor no paraba de repetir que quería ir a ese cole algún día con Alejandra…y Alejandra por su parte, estaba tan a gusto jugando allí, tan contenta que no quería irse en el momento de marcharse. Así que tomamos la decisión y una hora después estábamos llamando al cole para confirmar que el lunes irían las dos allí a jugar.

¡Para mi era perfecto! Un cole cerca de casa, donde mi hija adoraba estar y en el que además, podría estar su hermana durante unos días para su adaptación. En mi cabeza, tenía montada una película en la que mis hijas se divertían allí y Alejandra no lloraba nunca al dejarla en el cole.

Y así fue algunos días, excepto algún lloriqueo esporádico de Alejandra, que se le pasó en seguida al ver los columpios o al ponerle música…sin embargo ahora llevamos ya tres días que cada día es peor.

Desde por la mañana Alejandra ya me avisa de que no quiere ir con Moni (su seño), que el cole le gusta, le gustan los juguetes, el patio, sus amigos, su seño y hasta las galletas que le dan allí…pero que no quiere ir.

Yo le explico despacito que le quiero mucho, que no quiero que esté triste, pero que necesito que se quede allí un rato para poder trabajar. Que entiendo que esté asustada en un sitio nuevo, con niños que no conoce y adultos que no son su familia, pero que sólo estará allí un ratito y que a la hora de comer (las 12 de la mañana) iré a buscarla. Ella lo entiende todo, de hecho es capaz hasta de repetirmelo, pero cuando entra en la clase, se aferra a mi y se pone a llorar.

Hoy he estado hablando con ella antes de entrar y he hecho una despedida corta (tal y como me aconsejan en el cole) y ha sido el peor día con diferencia. Se ha quedado llorando muy fuerte y sólo decia «CON MAMA, CON MAMA». Me he quedado 10 minutos fuera de su clase, esperando que parara de llorar y no paraba.

Las seños la cogían en brazos, la intentaban distraer con una canción, con los juguetes…etc. pero ella seguía llorando.

Ha sido horrible, de hecho he acabado llorando yo.

Ya no estoy segura de nada, en teoría era el sitio perfecto, con el tipo de adaptación perfecta, sólo para tres horas…pero dudo de si vale la pena que mi hija y yo suframos así. No me sirve que me digan que esto es «normal» en la adaptación. No es normal que un bebé y su madre tengan que llorar para adaptarse a nada…no, no es normal.

¿Y vosotros? ¿os habéis adaptado?